diumenge, 9 de maig de 2010

INFANTIA II: ACEPTACIÓN. TOLLERE INFANTEM

Como ya apuntamos en la primera parte, un recién nacido en Roma había de pasar una serie de obstáculos antes de ser considerado un miembro de pleno derecho en la familia y en la comunidad. Después de nacer y de haber sido examinado cuidadosamente por la comadrona, el bebé era presentado al paterfamilias, porque en último término era él quien decidía si el recién nacido iba, o no, a quedarse en el seno de su familia: el padre debía aceptarlo como hijo legítimo.

Para llevar a cabo este ritual, el infans era colocado a los pies del padre, quien, si lo reconocía, lo levantaba del suelo (si se trataba de un varón) o mandaba que le dieran de mamar (si se trataba de una fémina). Sólo después de este trámite, el niño recibía, por fin, sus primeros cuidados. Es en este momento cuando empieza a actuar todo ese séquito de divinidades, del que hablábamos en el artículo anterior, que tiene como función proteger al recién nacido en cada una de sus etapas. En el ritual de la aceptación es la diosa Levana la que está presente, protegiéndolo durante ese momento tan crítico.

Hay autores, sin embargo, que ponen en tela de juicio la existencia de este ritual, aduciendo la falta de pruebas filológicas o iconográficas (vid. El niño en la Galia Romana, G. Coulon) Tal vez la razón de esta falta se deba, precisamente, a la misma concepción de ser padre que tenía un romano, dado que en Roma no había obligación para con los hijos: el padre no tenía un hijo, lo acogía o no, simplemente.

¿Qué ocurría, sin embargo, si el niño había nacido con alguna malformación y, en consecuencia, no era presentado al padre? Según Séneca, en De Ira I, XV, 2, el niño era eliminado sumergiéndolo en agua:

portentosos fetus extinguimus, liberos quoque, si debiles monstrosique editi sunt, mergimus; nec ira sed ratio est a sanis inutilia secernere.

Destruimos los fetos monstruosos, también a nuestros hijos, si nacen enfermos o malformados, los ahogamos; pero no es la ira, sino la razón, la que separa a los inútiles de los elementos sanos.

También podía ocurrir que el bebé, aún siendo sano, no fuera aceptado. En ese caso, era abandonado y expuesto en la Columna Lactaria, situada delante del templo de la Pietas. Este templo, del que Plinio nos cuenta el origen, estaba donde después se erigió el teatro de Marcelo. Una zona muy concurrida, de camino al foro, que cumplía, así, con su cometido: los niños expuestos en la columna eran vistos por mucha gente, de manera que podían ser recogidos por parejas que no pudieran tener descendencia, para criarlos como hijos, pero también podían ser recogidos para destinarlos a la esclavitud o a la prostitución. En el peor de los casos, simplemente podían morir de frío o inanición.

Pietatis exempla infinita quidem toto orbe extitere, sed Romae unum, cui comparari cuncta non possint. humilis in plebe et ideo ignobilis puerpera, supplicii causa carcere inclusa matre cum impetrasset aditum, a ianitore semper excussa ante, ne quid inferret cibi, deprehensa est uberibus suis alens eam. quo miraculo matris salus donata pietati est, ambaeque perpetuis alimentis, et locus ille quidem consecratus deae, C. Quinctio M'. Acilio cos. templo Pietatis extructo in illius carceris sede, ubi nunc Marcelli theatrum est. Plinio, Nat. Hist., VII, 121


Encontramos por todas partes ejemplos infinitos de piedad, pero Roma ofrece uno con el que ningún otro puede ser comparado: una mujer del pueblo, cuya oscura condición nos ha robado el nombre, acababa de dar a luz cuando su madre fue recluida en una prisión para sufrir allí el suplicio del hambre. Consiguió ir a verla, pero, vigilada siempre por el carcelero para que no le llevara alimento alguno, fue sorprendida amamantando a su madre. Por este hecho admirable otorgaron el perdón a la madre por la piedad de la hija, les otorgaron a las dos alimentos para siempre y el lugar donde ocurrió la escena fue dedicado a la diosa Piedad, a la que, bajo el consulado de C. Quinto y de Manio Acilio (año de Roma 604), se le erigió un templo sobre el emplazamiento de la prisión. Es donde está hoy el teatro de Marcelo.


En ocasiones, junto a los niños, depositaban amuletos e insignias que indicaban su nacimiento libre, con la intención de poder reconocer al hijo después de los años. Plauto, en Rudens, nos cuenta cómo la joven Phalaestra es reconocida por su padre al ver que tenía estos amuletos: una espada de oro con el nombre del padre, un hacha de oro con el nombre de la madre, una hoz de plata, una cerdita, dos manos unidas y una bola de oro.

Evidentemente, el hecho de ser reconocido implicaba no sólo un futuro cierto, sino también la pertenencia a un clan, es decir, la legitimidad, y una educación.

2 comentaris:

Isabel Romana ha dit...

La infancia siempre (aún hoy) expuesta a tantos peligros... Saludos cordiales.

Lluïsa ha dit...

Sí, así es, por desgracia. Siempre es el más débil el que más sufre y el que más "paga".
Gracias, Isabel
Un abrazo