dissabte, 27 de novembre de 2010

Ποσειδεών

El sexto mes del calendario ático está consagrado al dios Posidón, de quien recibe el nombre. Este dios, que rige los mares, que tiene el caballo como animal a él consagrado y que es representado iconográficamente con un tridente, protagonizó, junto a Atenea, uno de los episodios más famosos de la mitología griega. Cuando los atenienses buscaban una divinidad que los apadrinara, dos divinidades se presentaron: Posidón y Atenea. Litigaron entre ellos por el dominio de la ciudad y de la región del Ática: Atenea ofrecía a la ciudad el olivo, mientras que Posidón hizo brotar un manantial de agua salada. Los atenienses no dudaron en elegir a Atenea como diosa protectora y dieron su nombre a la ciudad.

El mes, que corresponde a diciembre-enero de nuestro calendario, no tiene demasiados festivales. El primer festival, las Neomenías, lo encontramos el primer día del mes_ el primer día de cada mes en el calendario ático recibía el nombre de Neomenía, o Noumenía (de νος, nuevo, y μν, mes, luna) _ Se trata de una fiesta fija que desde la más remota antigüedad se celebraba en el novilunio de cada mes en Siria, Egipto, Grecia y Roma. En Egipto la ceremonia consistía en conducir con gran pompa los animales que correspondían al signo celeste en que iban a entrar el Sol y la Luna; en Grecia se ofrecían sacrificios a todos los dioses, en especial a Apolo, considerado como el padre de la luz, de los meses, de las estaciones, del día y de la noche. Las Neomenías se celebraban con juegos y festines públicos en los cuales ricos y pobres alternaban sin distinción; se dirigían a los dioses preces solemnes y se tributaban homenajes religiosos a héroes y semidioses. Los participantes en estas fiestas recibían el nombre de Neomeniastés. En Grecia este día estaba también dedicado a la diosa Hécate, según algunos autores, o a Selene, según otros. Hécate es la personificación de la Luna Nueva, mientras que Selene lo sería de la Luna cuando empieza a ser visible en su primer cuarto creciente. Las dos acabarían siendo asociadas a la diosa Ártemis y juntas, Hécate, Selene y Ártemis, darían lugar a uno de los sincretismos más mágicos de la religiosidad griega: la diosa Triforme o la Ártemis de las tres caras, que representan la Luna Nueva, la Luna Creciente y la Luna Llena, y que es manifestación de la naturaleza cambiante de la Luna.

No sabemos en qué consistía el culto a Hécate, pero es una divinidad antigua de ámbito doméstico y de carácter mágico, es una divinidad del umbral, de hecho su epíteto es Hécate la de delante de las puertas, llamada también la Dadora de Visiones. Representa la parte más negativa del mundo de los muertos y es temible. Protege de los espíritus que se encuentran en la casa, de manera que se hacían limpiezas periódicas a modo de purificación para que los espíritus salieran y fueran conducidos a las encrucijadas de los caminos, que también eran territorio de esta divinidad. Para aplacarla, se untaban con aceite las piedras de las encrucijadas y se le hacían ofrendas de coca, pastas, pan, aceite, miel o leche.

En Roma, por otra parte, estas fiestas recibieron el nombre de Calendas, nombre que recibe también el primer día de cada mes. Hacían sacrificios y dirigían preces a los dioses en gratitud por los beneficios que éstos dispensaban. Las Calendas de Marzo eran las más solemnes, dado que, en un principio, dicho mes fue el primero del año en su calendario.

Respecto de las fechas en que se celebraban los festivales que restan de este mes, no hay demasiado acuerdo. Para las Haloas, hay quien apunta el día 5 de Posideón, mientras que otros autores las trasladan a día 25 o 26. Lo mismo ocurre con las Dionisias Agrarias: según unos, se celebraban los días 10, 11, 13 y 14, mientras que otros las llevan al 27, 28 y 29 del mes.

Nos limitaremos, pues, a describir en qué consistían estos festivales.

Las Dionisias Agrarias o de El Pireo. Ascolias.

Es uno de los muchos festivales que se llevaban a cabo en Atenas en honor de Dioniso. De forma general, podemos decir que Dionisias había prácticamente todo el año y se dividen en antiguas, modernas, mayores, menores, campestres, vernales, autumnales, nocturnas… Por lo que hace a las que nos ocupan, las campestres o de El Pireo, también llamadas Ascolias (gr. σκς, odre, piel de animal desollado) tenían tres partes: Thoinia, Ascolia, Iobacco, correspondientes a cada uno de los días en que se celebraban. De la primera parte, es decir, del primer día, no tenemos noticia alguna; de la segunda, Ascolia, sabemos que saltaban con un solo pie sobre un odre lleno de vino y untado con aceite y que se hacían concursos por ver quién conseguía no caer o resbalar. Se realizaba también una procesión alrededor de un enorme falo, símbolo de fertilidad, con que se buscaba propiciar la productividad de los campos sembrados durante el otoño. En ella, una joven llevaba una cesta llena de pasas u otros frutos, así como una olla llena de legumbres que se ofrecía al dios, y se conducía una cabra al sacrificio, porque siendo un animal que destruye las hojas de la vid para alimentarse, es enemigo de Dioniso. El Falo era conducido en pértigas o varas largas por los Phallophoros, ministros del dios, quienes con coronas de violetas y de hiedra en la cabeza, y con máscaras de ramas verdes, cantaban las phallicas, especie de estrofas libres; seguían luego los Ithyphallophoros, que vestidos de mujeres con trajes blancos, adornados de guirnaldas y con flores en las manos imitaban los gestos de la embriaguez. Era una fiesta alegre en la cual los participantes cantaban, bailaban y proferían obscenidades a todos aquellos que se encontraban por el camino. Los esclavos también participaban. Desde el s. V a.C., los demoi mas importantes y ricos añadieron representaciones dramáticas. El último día era el Iobacco (gr. ἰὼ Βκχε), en que las ménades invocaban al dios con muestras de alegría y gritando ἰὼ Βκχε!









Las Haloas (gr. λως: era donde se trillaba el cereal)

Celebración, en honor de Deméter, Core y Dioniso. Se trata de una fiesta de purificación. La fiesta estaba reservada a las mujeres e incluía la comunicación de secretos relativos a la feminidad. Parte de la fiesta consistía en la profesión de obscenidades, que se hacía con la compañía de símbolos sexuales y abundantes libaciones de vino. Las Haloas comenzaban en Atenas y acababan en Eleusis, donde los magistrados preparaban un banquete con productos de la tierra y el mar, salvo aquellos que estaban prohibidos en los Misterios eleusinos: las granadas, las manzanas, los huevos, etc. Cuando el banquete estaba preparado, se dejaba todo en manos de las mujeres.

Las mujeres pasaban toda la noche velando a la luz y el calor de las hogueras. La ciudad les proporcionaba la leña, además de los entarimados.

diumenge, 21 de novembre de 2010

El reloj de César


Los romanos dividían la jornada diaria en 24 horas, 12 horas para el tiempo de luz solar (dies) y 12 horas para la noche (nox).
Las horas diurnas eran denominadas por adjetivos ordinales:
hora prima, secunda, tertia, quarta, quinta, sexta, septima, octava, nona, decima, undecima y duodecima.
A su vez se agrupaban en seis horas ante meridiem (a. m.) y seis post meridiem (p. m.) ya que el eje que dividía el día era el meridies, mediodía que coincidía con la hora sexta.

Una manera fácil de relacionar las horas romanas con las nuestras es sumarle seis al ordinal romano. Así, si es la hora tertia, serán las nueve de la mañana actuales, si es la hora decima, serán las 16 horas, es decir las cuatro de nuestro reloj.

La noche se dividía en cuatro vigilias de tres horas cada una, marcadas por los cambios de guardia nocturna militar: prima vigilia (de 6 a 9 de la noche), secunda vigilia (de 9 a 12 de la noche), tertia vigilia (de 12 a 3 de la mañana), y quarta vigilia (de 3 a 6 de la mañana).

En el taller TEMPORE CAPTO hemos elaborado un reloj especial al que hemos llamado Reloj de César con la finalidad de conocer cómo medían los romanos los diferentes momentos de una jornada intentando establecer una comparación entre nuestros relojes de pulsera y la división horaria de los antiguos romanos.

Se trata de un dodecaedro, figura geométrica de doce lados, con un lado interno para las Horae
(las doce horas del día) y uno externo para cuatro Vigiliae (las doce horas de la noche).

El día: Cuadrante interno

Hay doce lados señalados de I al XII. Cada lado corresponde a una hora. La Primera se iniciaba al alba y duraba alrededor de una hora. La duodécima era la última del día, terminaba con el ocaso, después empezaban las Vigiliae.

Ejemplo: la saeta de las horas está entre las 10 y las 11 del día, para los romanos era la Hora V.

La noche: Cuadrante externo

El cuadrante externo está dividido en cuatro sectores correspondientes a las cuatro Vigilias. Las Vigilias corresponden a los turnos de guardia nocturna de los centinelas romanos que duraban alrededor de tres horas.

Ejemplo: la saeta de las horas está entre las horas 22 y 23 del día, es para los romanos la II Vigilia.
Si miramos este reloj de César como si fuera uno actual, la hora prima la entenderemos como las seis de la mañana, la secunda como las siete, etc...hasta llegar a la hora sexta que ya serán las doce del mediodía.

Por si queréis confeccionar vuestro reloj romano os dejamos el enlace para descargaros este reloj de César, aquí. Las instrucciones son muy sencillas: Recorta la figura y pégala sobre una cartulina. Con un encuadernador coloca la saeta en el centro y tendrás tu propio reloj de Julio César.

Esperamos que os resulte útil.

dilluns, 15 de novembre de 2010

DE ATENODORO A HERÁGENES, SALUDOS

Memacterión, Deutéra del mes que acaba, 2º año de la 100 Olimpiada

De Atenodoro a Herágenes, saludos.

¡Χαρε, Herágenes, viejo amigo!

Será ésta otra de esas cartas que esperarán pacientemente en mi escritorio el día propicio para su partida, como serán todas las futuras hasta la reapertura de las rutas comerciales. No importa demasiado, la sola idea de que acabarás leyéndolas y el hecho mismo de escribirte me reconfortan lo suficiente. Por otra parte, ya estoy viejo para confiar en mi memoria y prefiero escribirte cuando los acontecimientos están todavía frescos en ella, si Mnemósine me ayuda y sus hijas tienen a bien visitarme.


Paso, pues, en este apacible dysis y antes de que Selene ocupe por completo su lugar en el firmamento, a relatarte todo lo que en esta nuestra vieja Atenas ha sucedido digno de mención. Sabes bien, aunque tu ausencia es ya larga, que Memacterión no es un mes que se caracterice precisamente por la abundancia de acontecimientos sociales ni grandes festivales. Tras el festival de las Proerosias el mes pasado, la fiesta de la primera labranza, destinado a que las diosas de Eleusis protejan el cultivo y hagan florecer la simiente, hay que aquietar a Zeus Tempestuoso para que tenga a bien darnos un otoño tranquilo y pocas tormentas que puedan dañar el campo o, todo hay que decirlo, castigar mis viejos huesos, que ya no soportan las humedades de esta estación. La Pompa a Zeus Maimaktes, nuestro Zeus ctónico y agrario, se celebró el pasado decate de esta última década del mes. Y como si el mismo Zeus estuviese en disposición de sernos favorable, Helios lució radiante y la Pompa transcurrió sin incidencias: iban, encabezando la procesión, los Hieróforos portando el Dios Koidion (el Vellón de Zeus), el cordero sacrificial y los demás objetos sagrados; les seguía el Arconte Basileús y el Liturgo, acabando el cortejo las jóvenes de las ilustres familias como Canéforas con las cestas llenas de flores. Cuando la Pompa llegó al templo, el Liturgo elevó sus ruegos al dios mientras el Arconte Basileús purificaba a la víctima con agua lustral. El cordero destinado al sacrificio acudió a su fatal destino sin titubeos y los participantes guardaron respetuoso silencio cuando el Arconte Basileús lo degolló con su daga. ¿Qué más se puede pedir? Debió gustarle a Zeus porque todavía gozamos de su clemencia y de la bonanza que Helios provoca cuando el Tonante se lo permite.

Siempre fue tu memoria muy buena, así que recordarás, seguramente, que éste no ha sido el único acontecimiento del mes. Al día siguiente se llevó a cabo el festival en recuerdo de los muertos en la batalla de Platea y, sí, viejo amigo, se hizo a la vieja usanza. No han tomado cuerpo, no al menos todavía, los aires de reforma que se respiraban incluso antes de tu partida. ¿Qué decían? ¡Ah, sí, ya recuerdo! Decían que mucho tiempo había pasado ya desde que Tucídides relatara en su libro, La Guerra del Peloponeso, aquél día de duelo en que el propio Pericles alabó el valor de los caídos y el de los padres cuyos hijos habían perecido en aquella batalla; mucho había llovido, decían, que no tenía sentido hacer exactamente lo que se hizo entonces, que había que restar emoción, que Atenas no podía seguir viviendo en el pasado… ¡Memeces! Afortunadamente seguimos teniendo políticos que valoran la importancia de aquella batalla y el hecho de que fuera la sangre de nuestros jóvenes la que, regando los campos de Platea, hiciera posible la victoria definitiva contra los Persas. Bien merecen, pues, que se les recuerde dignamente, aunque haya que sumirse en llanto mil veces. Y así fue, Herágenes, amigo mío. Atenas se sumió en un profundo duelo en recuerdo de aquellos valientes justo el día después del regocijo que supuso la Pompa de Zeus Maimaktes. Según la vieja costumbre, se expusieron los féretros, que en su día albergaron los huesos de los caídos, y todos los que quisieron se acercaron con ofrendas para llenarlos con ellas. Cuando llegó el momento del entierro, cada una de las tribus llevó en carros el féretro que le correspondía, uno por tribu, y un lecho vacío y completamente dispuesto: el de los desaparecidos que no pudieron ser hallados y recogidos, hasta la tumba pública que se dispuso para ellos en las afueras de la ciudad. En el recorrido tomó parte quien quiso, pero te aseguro, Herágenes, que prácticamente toda la ciudad estuvo presente, tanta era la multitud. En cuanto el cortejo llegó a los pies de la tumba, se depositaron en tierra las cajas llenas de flores y los lechos vacíos y hubo quien, recordando a sus antepasados, lloró y se lamentó profundamente. Se pronunció un discurso de elogio que recayó, tras votación preliminar, en un venerable anciano, un octogenario a quien los dioses han concedido larga vida, nieto de uno de aquellos caídos. Fue tan emotivo, Herágenes, que la multitud se dispersó conmovida y en profundo silencio y respeto por lo que acababa de oír. Ya sabes cuán difícil puede ser eso en una ciudad tan ruidosa como Atenas.

Y poco más puedo ya contarte, excepto que albergo la esperanza de que regreses algún día, no muy lejano, a tu patria donde todavía te esperan tu familia y tus amigos. Espero que las Moiras nos permitan el encuentro. Pero, de momento, es Hypnos el que me ronda y este cansado cuerpo necesita reposo.

Adiós, amigo, y que Tyché te sonría.





diumenge, 7 de novembre de 2010

VIII Jornada de Cultura Clásica de Sagunt

La jornada de Cultura Clásica de Sagunt es un día único, alegre y enriquecedor. La alegría viene dada por los reencuentros con amigos y compañeros a los que hace tiempo que no ves, por conocer a nuevos colegas, y el enriquecimiento por aprender de su gran trabajo y compartir el nuestro.

Ayer con motivo de la VIII Jornada de Cultura Clásica presentamos a nuestros compañeros el taller Aetates hominis: Infantia. Las exposiciones fueron realizadas por Lluïsa y Salut, mis compañeras junto con Juanvi del Hortus Hesperidum que nos explicaron cómo era la vida de un infans desde su nacimiento hasta los siete años.

Agradecemos a José Mª Ciordia su aportación al taller al comentarnos quién fue el inventor del sonajero, Arquitas de Tarento (400-365 a. C). Aristóteles en su obra Política, libro V, 46 nos dice:

ἡ δὲ παιδεία πλαταγὴ τοῖς μείζοσι τῶν νέων.
La educación es el sonajero de los adolescentes.
Aristóteles, Política V 6 (1340b).

El mismo sonajero de Arquitas no fue mala invención, puesto que, haciendo que los niños tuviesen las manos ocupadas, les impedía romper alguna cosa en la casa, porque los niños no pueden estar quietos ni un solo instante. El sonajero es un juguete excelente para la primera edad, y el estudio es el sonajero de la edad que sigue. (traducción de Patricio de Azcárrate)
Y desde luego también agradecemos a Álvaro Vilariño la confianza que deposita en nuestro trabajo al proponernos la traducción de algunos de nuestros artículos al gallego para su uso didáctico en las clases añadiendo actividades. Por nuestra parte os anunciamos que nuestra intención es tener listo para los Ludi Saguntini MMXI el cuadernillo de Aetates Hominis en castellano y valenciano.

Como veis fue un día muy completo. Aquí os dejo unas imágenes de los talleres de ayer.

Salutem plurimam!!


dilluns, 1 de novembre de 2010

JUNO / DIANA LUCINA

Si buscamos el epíteto Lucina en el diccionario de latín editado en Vox, encontramos que puede relacionarse con Juno o con Diana. Sin embargo, en latín Lucina va habitualmente unido a Juno, como divinidad protectora de los partos y de la infancia. De hecho, lo encontramos unido a Diana en traducciones de textos griegos y en ellos debemos entender, siempre, que se ha traducido Artemisa por Diana, aun cuando el culto de la antigua divinidad itálica no corresponde exactamente con el que Artemisa tenía en Grecia.

En principio, tampoco Artemisa en Grecia fue la divinidad protectora de los alumbramientos, sino que se dio en ella un sincretismo de diferentes divinidades y mitos. Para entender este sincretismo, debemos primero dilucidar lo cierto del oscuro mito de Artemisa Ilithyia o Lucifera:

Ilithyiaλεθυια; λεθια o λεθω en Creta, Laconia y Mesenia), nombre probablemente de origen prehelénico, era hija de Zeus y Hera, pero, según un himno de Olén, era la madre de Eros y tenía origen hiperbóreo. Primitivamente fue una antigua diosa de la fecundidad de la naturaleza antes de convertirse en la que regía los alumbramientos. Fue particularmente venerada en Creta y en Laconia y se la ve en Delos ligada a Artemisa. Píndaro la asocia a las Moiras. Pausanias, hablando de Atenas (libr. VIII, cap. XXXI-XXXVII), dice que junto a la capilla de Serapis había un templo de Ilithyia que, viniendo del país de los Hiperbóreos, auxilió a Leto que entonces estaba de parto en la isla de Delos. Los Delios, añade, pretenden ser los que han enseñado a los otros griegos el nombre de esta diosa: los Delios ofrecen aún sacrificios a Ilithyia y entonan en su honor el himno de Olén. Los cretenses, al contrario, piensan que Ilithyia nació en Amnisos en las cercanías de Cnossos, y que es hija de Hera. En este pasaje, pues, Pausanias nos da dos tradiciones, así como dos Ilithyias.

Intentemos diferenciar la una de la otra para entender el mito:

Las divinidades indígenas de los cretenses, Zeus y Hera, son consideradas en las antiguas tradiciones de aquéllos como los fundadores del matrimonio y Hera, además, como la divinidad que presidía los deberes conyugales y todo lo concerniente a la vida doméstica. Por consiguiente, debía presidir todo lo que resulta del vínculo matrimonial y así es como en estos pueblos se tenía como hijas de Zeus y Hera a Hebe, la hija núbil, e Ilithyia, la partera o comadrona.

El culto de cualquier divinidad que se consideraba como el símbolo de la fuerza productora y nutritiva de la naturaleza había venido de Media y se había difundido a lo largo de las costas del mar Negro y en el Asia Menor. La luna estaba reputada como su símbolo, porque, según la creencia de entonces, de ella dependía la fertilidad de la tierra; la vaca era, a su vez, considerada como su símbolo más natural en la tierra; en Escitia se convirtió en la diosa táurica; en Asia Menor, su culto se asoció al de la Cibeles frigia y fue la gran madre con numerosos senos de Éfeso; finalmente, amalgamada con el culto menos antiguo de los hijos de Leto, fue la Artemisa de los griegos.

El nuevo culto de Apolo y Artemisa halló mucha resistencia en las costas de Asia Menor por parte de los sacerdotes de las divinidades más antiguas. Una colonia de sacerdotes de las nuevas divinidades se retiró a la isla de Delos. Conocida bajo el nombre genérico de Oleno, esta colonia estableció allí una fiesta con la que se celebraba el nacimiento de las nuevas divinidades Apolo y Artemisa. Según esta celebración, Leto encontró en Delos, isla que acababa de salir del mar, el lugar idóneo y tranquilo que necesitaba para alumbrar a sus hijos. Como Hera, celosa, no dejó que su hija saliera a asistirla, llegó del país de los Hiperbóreos una bienhechora, la Ilithyia de Olén: sus favores se ensalzaron en un himno compuesto en su honor, introduciéndose, así, su culto en la isla de Delos. Esta hiperbórea que llegó en auxilio de Leto, según el mito citado, es la gran divinidad que preside los partos, llamada luego Artemisa de Éfeso; es también la misma que Lucina (Lucifera), la que da luz o alumbra el cielo y la tierra. Según Pausanias, Olén, en su himno, llama a Ilithyia madre de Eros, lo cual recuerda la cosmogonía órfica, donde, en el lenguaje sagrado de los órficos, Eros fue llamado Phanés, el primogénito de la naturaleza, que produce, regula y enlaza todo lo que goza de vida. Así, según este himno, Ilithyia sería la Gran Madre. También en Pausanias se lee que en el himno de Olén se le da a Ilithyia el nombre de la buena hiladora, lo cual justifica que Píndaro la una a las Moiras; unión que también se encuentra en Eurípides y en Platón (El Banquete, 206d: Así pues, la Belleza es la Moira y la Ilitía del nacimiento)

Por otra parte, _ aunque se ha confundido a la virgen Artemisa con la antigua y venerable Gran Madre adorada en Éfeso; aunque se la llamaba la eterna y casta virgen, que, por asistir a las mujeres de parto, se la adoraba como Lucina Phosphoros o como Lisizona, la que desata el cinturón (Teócrito, Encomio a Ptolomeo, XVII 60-1: Allí la hija de Antígona, aquejada de dolores, invocó a Ilitía, la que desata el cinturón) _ quedaban vestigios de la tradición primitiva, según la cual, Artemisa nació primero en Ortigia y después Apolo en Delos. La antigua Ortigia estaba situada en un bosque sagrado en las márgenes del río Cenchreos o Cenchrius, cerca de Éfeso. De ahí que el nombre de Ortigia haya pasado a Delos y otros lugares en que se celebraba el alumbramiento de Leto y he aquí también el rastro del mito que consideraba a la diosa de Éfeso como la hermana mayor de Apolo y que se tuviera Delos como la patria de los dos hijos de Leto. Otros vestigios se encuentran en ese otro mito que narra que Artemisa salió primero del seno de su madre y que la ayudó en el nacimiento de Apolo. Según Calímaco, su nacimiento no causó dolor alguno a su madre, porque las Moiras le confiaron el cuidado de socorrer a las mujeres en sus partos (Hymn. III 22-5): Las Moiras me asignaron desde el momento en que nací la tarea de ayudarlas, pues mi madre me engendró y me llevó en su seno sin ningún dolor y sin esfuerzo dio a luz el fruto de sus entrañas.

Este sincretismo se hizo patente en las obras de muchos autores. Orfeo, por ejemplo, en su Himno (Hymn. 2 1-4) la llamó además Protirea (Protectora de las puertas), por la costumbre de poner ante las casas como protección una imagen de aquélla a la que se debía el nacimiento y los comienzos de la vida y salvación humanas:

Escúchame, oh venerable diosa de muchos nombres, divinidad que ayudas a las parturientas, dulce protectora de los lechos, salvadora de los engendrados, única amante dulce de los niños, rápido auxilio, que asistes a los jóvenes mortales, Protirea.

Más adelante, (10-2), se lee:

Pues los lechos te invocan a ti sola, descanso del alma. Pues por ti son aliviados los pesares de los partos, Artemisa, Ilitía y augusta Protirea.

En Herodoto VI, XXXV:

Cuentan los Delios así mismo que por aquella misma época en que vinieron dichos conductores, y un poco antes que las doncellas Hipéroque y Laódice, llegaron también a Delos otras dos vírgenes hiperbóreas, que fueron Agra y Opis, aunque con diferente destino, pues dicen que Hipéroque y Laódice vinieron encargadas de traer a Ilitía o Artemisa Lucifera el tributo que allá se habían impuesto por el feliz alumbramiento de las mujeres.

En Roma, la antigua divinidad itálica de los bosques y la vida salvaje, se identificó con la Artemisa griega y, aunque su culto fue muy notable, nunca Diana asumió todos los roles de la diosa griega. De hecho, fue Juno, como madre de Ilithyia y finalmente asimilada a ella, la que adoptó el papel de la Artemisa Lucifera bajo el epíteto de Lucina. Así lo encontramos, por ejemplo, en Horacio (Carm. Saec. 13-6): Tú que felizmente abres suave los maduros frutos, Ilitía, protege a las madres, o si tú prefieres ser invocada Lucina o Genital. Y cuando se la requería bajo ese aspecto, se le ofrecía dictamo (Euforión, F137=Schol. Arat. Phaen. 33, donde se habla de Lucina: Se encontró coronada de floreciente dictamo) y adormidera. Plantas, ambas, que convenían a las parturientas por facilitar el alumbramiento y mitigar el dolor. También como Juno Lucina, su imagen llevaba en una mano un niño y en la otra la hasta simple o bastón largo sin hierro.

Cada mujer romana tenía su Juno, por eso puede leerse en muchas inscripciones: a la Juno de Lucilla, de Tranquilla