diumenge, 27 de novembre de 2016

LA FÍBULA DE PRAENESTE


La fíbula prenestina, llamada así por el lugar en el que se halló – la antigua Praeneste-, es una fíbula de oro de arco serpenteante que mide 10'7 cm. de longitud y 2'5 de altura y que contiene la inscripción – grabada con gubia de derecha a izquierda,algo habitual en las inscripciones latinas arcaicas – Manios : med : Fhe : Fhaked : Numasioi, equivalente en latín clásico a Manios me fecit Numerio: «Manio me hizo para Numerio». Tradicionalmente, la pieza se ha fechado entre finales del siglo VII y principios del VI a.C., es decir, anterior al que por entonces era considerando el texto más antiguo conservado en latín, la inscripción del Vaso Duenos.





La fíbula fue publicada por Wolfgang Helbig y Ferdinand Dümmler en 1887, pero estuvo envuelta en polémica respecto a su autenticidad desde el primer momento por su oscura procedencia y su texto lleno de arcaísmos mezclados con dialectismos. La ausencia de un contexto arqueológico claro, diversos puntos inconexos y algunas contradicciones en la historia de la pieza impiden que se sepa con seguridad dónde apareció y qué sucedió desde el momento de su hallazgo hasta el de su publicación el 7 de enero de 1887 en un encuentro celebrado en el Instituto Arqueológico Alemán de Roma.

La joya llamó la atención por el carácter extraordinario de la inscripción grabada sobre la mortaja y que se estaba dando a conocer como la más antigua de las inscripciones en latín conocidas hasta el momento. La comunicación que hicieron Helbig y Dümmler fue publicada el 26 de enero de ese mismo año en la Wochenschrift für klassische Philologie. En el artículo, Helbig afirmaba que la fíbula se había encontrado en una sepultura de los alrededores de Palestrina, del mismo tipo que la tumba Bernardini y similar a la conocida como tumba Regolini-Galassi de Caere. La datación que hizo entonces, siglo VI a.C., ha sufrido actualmente un cambio de acuerdo con una más correcta datación de la tumba Bernardini, el 670 a.C. Se hizo otra publicación en los Rendiconti dell’Accademia Nazionale dei Lincei, donde Helbig también había presentado la fíbula el 16 de enero. Poco después, ese mismo año, en una nueva publicación añadió a lo que ya había dicho algunas variantes. Contó entonces que un amigo suyo, cuyo nombre no facilitó, la había comprado en 1871 en Palestrina y declaraba que no conocía la tumba en la que se había encontrado, pero comparaba su pieza con otras fíbulas similares, sin inscripción, halladas en las tumbas Barberini y Bernardini, descubiertas en Palestrina en 1855 y 1876, respectivamente.

MANIOS MED FHEFHAKED NVMASIOI

El primero en declarar con claridad que la pieza provenía de la tumba Bernardini fue Georg Karo, en 1898. En una carta escrita el 21 de diciembre de 1900 y dirigida a Luigi Pigorini, director del Museo Prehistórico y Etnográfico de Roma, afirmó que, según los datos que le había revelado Helbig, Francesco Martinetti, anticuario de profesión, había comprado la fíbula al jefe de las excavaciones de Palestrina quien, a su vez, le aseguró que había sido robada de la tumba Bernardini. Helbig no habría querido divulgar la noticia hasta entonces porque aún vivían las personas implicadas en el robo. Pero el verdadero problema es que la tumba Bernardini se excavó seis años antes de la fecha en la que, según Helbig, se compró la fíbula. Según G. Colonna, la fíbula fue luego donada por Martinetti al Museo Villa Giulia en 1889, el mismo año de la fundación de esta institución. Pigorini, tras recibir la carta de Karo, pidió oficialmente a la Dirección General de la Antigüedad la transferencia de la fíbula al museo que él dirigía para unirla al conjunto de la tumba Bernardini. En 1901, la fíbula fue transferida al Museo Prehistórico y Etnográfico. No obstante, Giovanni Pinza, en 1905, C. Densmore Curtis, en 1919, y el mismo Karo, en 1925, expresaron sus reticencias a creer que la pieza perteneciera a la tumba Bernardini, de manera que, en 1960, cuando la tumba fue trasladada al Villa Giulia, la fíbula permaneció en el Museo Pigorini.

Esta aparente ausencia de rigurosidad científica y el oscurantismo que rodeaba la pieza fue lo que, en 1980, llevó a Margherita Guarducci, en su trabajo La cosiddetta Fibula Prenestina, a lanzar la hipótesis de la falsedad de la fíbula y a acusar a Helbig de ser el autor de una falsificación integral, tanto de la pieza como de la inscripción, llevado por un afán de notoriedad científica y lucro económico. Guarducci fue rotunda y aportó numerosos argumentos, pero estos eran poco científicos y nada contrastados y obviaban los datos gráficos, fonéticos y morfológicos que el texto proporcionaba en relación con su cronología. Fue este carácter del texto el que animó a P. Flobert, en 1991, a llevar a cabo un riguroso análisis de la inscripción, después del cual se declaró partidario de su autenticidad.

La pieza fue objeto, a lo largo de los años, de numerosos análisis físicos y lingüísticos que nunca fueron concluyentes puesto que las condiciones adecuadas para valorarlo no se darían hasta mucho más tarde, gracias a los avances científicos. La misma Guarducci encargó pruebas grafológicas, para comparar la escritura de la fíbula con la de algunos manuscritos de Helbig, con las que se aventuró a concluir que se podía asserire con certezza che è stata la mano dello Helbig a tracciare la scritta della Fibula Prenestina. A favor de esta hipótesis se sumaron estudiosos como W. Belardi, P. G. Guzzo, H. Jucker, D. Ridgway, R. Lazzeroni y M. Moltesen; otros, en cambio, prerieron no pronunciarse, como A. E. Gordon o Fulvia Lo Schiavo, que, tras un estudio tipológico, afirmó que la fíbula era un unicum, pero perfectamente coherente y plausible. Otros estudiosos estimaro también difícil que se tratara de una falsificación, entre ellos, G. Colonna, H. Krummrey y C. Trümpy, que, basando su estudio en el texto del epígrafe y aportando un estudio lingüístico, concluyó que era imposible que alguien lo hubiera inventado en 1886.



Como se afirma en Javier Martínez (ed), Mundus vult decipi. Estudios interdisciplinares sobre falsificación textual y literaria, Madrid, Ediciones Clásicas, 2012, pp. 127-136 ISBN: 84-7882-738-2, «Hacia 1887 ya se manejaban conocimientos suficientes de latín dialectal y arcaico como para poder determinar si la fíbula y su inscripción eran o no auténticas. Si la presentación pública del documento se hubiera realizado a finales del siglo XVIII o a comienzos del XIX, cuando todavía no se habían desarrollado los estudios de gramática histórico-comparada de las lenguas antiguas, nunca hubiera habido dudas acerca de su autenticidad.»

Respecto a los análisis físicos de que fue objeto, los primeros – ninguno de ellos científicamente concluyente, como ya se ha dicho, y obviando todos las evidencias proporcionadas por el texto – los promovió también Margherita Guarducci a principios de los años ochenta. El primer análisis lo llevó a cabo el profesor Guido Cellini, que, según Guarducci tenía mucha experiencia en objetos antiguos, con la ayuda de lentes de aumento. La conclusión, basada en razonamientos tipológicos relacionados con la rigidez del oro y con la observación de zonas erosionadas que podrían ser atribuibles a la acción de ácidos aplicados por el falsificador, fue que el objeto era una falsificación. El otro examen promovido por Guarducci fue del profesor Guido Devoto, que, con la ayuda de un microscopio, determinó que la fíbula é un’abile falsificazione moderna. Estos exámenes se limitaron al microscopio y microfotografías cuyos resultados, en comparación con los obtenidos del examen de otros objetos de oro antiguos, dieron como conclusión que se trataba de una falsificación. Pero la pieza se sometió también, en dos ocasiones, a análisis de fluorescencia X.

Estos análisis, que determinan la composición del oro, dieron como resultado que el metal de la fíbula de Preneste tiene una alta concentración de este metal, plata en menor medida y un mínimo de cobre. Composición muy similar a la de otra fíbula de la tumba Bernardini. La profesora Fulvia Lo Schiavo y el profesor Gian Luigi Carancini no creyeron que hubiera argumentos suficientes, basándose en la tipología de la pieza, que permitieran descartar su autenticidad. Lo Schiavo puso de manifiesto que, de la confrontación de las características técnicas de la fíbula con otras de similares características, se extraía que esta encajaba perfectamente en el grupo de fíbulas de arco serpenteante datables entre finales del VIII y el primer cuarto del VII. Se añade a esto que la fíbula prenestina presenta la mayor afinidad con la otra fíbula de la tumba Bernardini, de la cual se puede considerar una variante arricchita. Lo Schiavo y Carancini, pues, concluyeron que es perfectamente coherente desde el punto de vista tipológico y de la técnica de fabricación considerar la fíbula de Preneste un ejemplar único en su especie, pero no una falsificación.

En 1992, Edilberto Formigli publicó los resultados de un nuevo análisis de la pieza, llegando a la conclusión de que a simple vista había ciertos elementos que podían respaldar la tesis de la falsedad, pero, cuando se observa al microscopio óptico la superficie del metal, en ciertas partes de la pieza se advierte la presencia de pequeños granos de color plateado. Los análisis demuestran que se trata de una inclusión de osmio-iridio, un material que se encuentra frecuentemente en el oro de manufacturas antiguas y que no aparece en el oro moderno. Su presencia se considera una prueba de autenticidad de la pieza. La dureza de éstas hace que no se disuelvan completamente durante la primera fusión del metal. Más tarde, durante las operaciones de refinamiento de la pieza, las inclusiones que se encuentran en la capa más externa del metal quedan a la vista. Por tanto, la pieza no hubiera podido formarse a partir de una refundición de oros antiguos, pues la probabilidad de que los gránulos de osmio-iridio no se fundan en sucesivas refundiciones y vuelvan a la superficie del metal es mínima. Las concreciones grisáceas localizadas en el interior del tubo transversal que, según el análisis, son un compuesto de materiales orgánicos varios y que fueron considerados por Cellini y Guarducci como un intento del falsificador de envejecer el aspecto de la fíbula, resultan ser en realidad restos de la pasta que usan los fotógrafos para fijar la posición de los objetos pequeños durante las sesiones fotográficas. Como decía Devoto en su análisis, no se observa sobre la superficie de la fíbula prenestina la micro estructura granular que presentan piezas de oro antiguas. Sin embargo, Formigli subraya que se trata de zonas frecuentemente manipuladas desde su descubrimiento hasta nuestros días y que existen zonas de la fíbula donde la estructura superficial es exactamente la que corresponde a un objeto antiguo. Además, la superficie de la pieza ha sido dañada en varias ocasiones con agentes corrosivos aplicados por los restauradores.

En relación con la autenticidad de la inscripción se dice que los ataques químicos se repitieron al menos dos veces, antes y después de la ejecución de la inscripción. Formigli no apoya esta opinión y añade que incluso es posible que en alguna restauración se hayan repasado las letras de la inscripción antigua. En vista de todo esto, queda claro que la fíbula prenestina no es un objeto cuyo análisis a simple vista pueda poner en evidencia sus secretos. Tiene una historia compleja, en la que intervienen daños, manipulaciones, reparaciones y retoques. Por tanto, un objeto con una historia tan compleja, dice Formigli, non può essere giudicato facilmente dopo alcune superficiali indagini esopralluoghi comme quelli elencati dalla Guarducci, anche se avessero preso parte i migliori specialisti del campo. Después de un largo proceso de investigación, numerosos análisis y una interpretación objetiva de los resultados, Formigli afirma que la fíbula está completamente libre de las sospechas de falsedad.



Respecto al problema de la inscripción, en vista de las manipulaciones que ha sufrido el objeto y la superficie donde se encuentra la inscripción, duda que con métodos arqueométricos se pueda llegar a una conclusión realmente definitiva. En los 90 había quedado a salvo la autenticidad del objeto; solo quedaba por determinar, con pruebas científicamente concluyentes, la datación de la inscripción. Y Formigli, restaurador y profesor universitario de Ciencias Aplicadas a los Bienes Culturales, junto con Daniela Ferro, química del Instituto Italiano para el estudio de los materiales nanoestructurados, avanzó en los análisis hasta poder presentar en junio de 2011 unos resultados científicamente incontestables, según los cuales tanto la fíbula como su inscripción son auténticos y pueden datarse en la primera mitad del siglo VII a.C. Las nuevas técnicas analíticas aplicadas permitieron acceder a zonas de la superficie más pequeñas que las observadas en décadas anteriores. La observación específica por medio de SEM (Scanning Electron Microscope) y el consiguiente análisis detallado, físico y químico en el interior de las incisiones evidenciaron micro-cristalizaciones en la superficie del oro, lo que solo puede producirse pasados muchos siglos desde la fusión. De ninguna manera, pues, ni Helbig ni ningún otro, pudieron haber realizado tal falsificación; tanto la joya como la inscripción son auténticas, siendo las marcas y manchas de la superficie el resultado de operaciones de limpieza y restauración realizadas por manos inexpertas a lo largo de la historia. En palabras de D. Ferro:

«Es una pieza de alta joyería, hecha en la parte del soporte con una lámina con alto contenido en oro, un material dúctil para ser grabado con la punta de un estilo. La inscripción se realizó de la misma manera. También han sido identificadas las reparaciones efectuadas antiguamente, como la presencia de un pan de oro para ocultar una pequeña fractura, mientras que el uso de una amalgama de oro para reforzar la parte móvil de la lengüeta podría ser reciente. Es improbable que un falsificador haya podido operar en las particularidades de elaboración y el uso de aleaciones del oro en un período en el que el conocimiento de los procedimientos de la orfebrería etrusca no eran particularmente conocidos en detalle, en cuyo caso habrían podido ser detectados con los más sofisticados instrumentos tecnológicos.»

Respecto al texto inscrito, es la filología la disciplina que aporta las pruebas indiscutibles de la autenticidad del documento. Algo que veremos en el próximo post.

Fuente: Sobre la autenticidad de la fíbula preneste. Las evidencias del texto y su confirmación científica.