diumenge, 12 de desembre de 2010

LAS PROCESIONES

En época homérica, cuando el mundo griego se regía todavía por la cultura aristocrática, las procesiones eran únicamente cortejos fúnebres destinados a acompañar al muerto al crematorio y sepultar sus cenizas. Sólo en el marco de la polis, en época arcaica y clásica (finales del siglo VIII-IV aC), con sus propias instituciones ya implantadas, empezó a dársele importancia a la procesión y adquirió el valor que acabaría teniendo, erigiéndose en el exponente principal de la vida pública de la ciudad como colectividad humana.

De todas formas, la procesión no es más que la primera de las tres fases que conformaban el ritual de la festividad: procesión, sacrificio y agón. Podía pasar también que la festividad requiriese una vigilia, una preparación, conocida en el lenguaje ritual con el nombre de pannychís. Si faltaba uno de los tres elementos, el primero, la procesión, quedaba desvirtuado y debía cambiársele el nombre o ir acompañado de algún calificativo: procesión mágica, carnaval, etc. Es el caso de algunos de los cortejos de época arcaica asimilados más tarde a festivales de mayor envergadura, con lo cual entraban a formar parte de auténticas procesiones como actos de culto: por ejemplo, los cortejos que llevaban en andas un enorme falo con acompañamiento de un séquito de bacantes fueron incorporados a las Dionisíacas Mayores.

La procesión griega no constituye un acto de culto religioso en líneas generales, sino más bien la preparación o la marcha hacia el mismo y, de hecho, conviven procesiones de acentuado espíritu religioso, como la que iba de Atenas a Eleusis, con otras de carácter cívico, como las Grandes Panateneas. Era el espejo en el que se mostraba y miraba la ciudad: los ciudadanos, distribuidos en grupos significativos, se jerarquizaban y mostraban su cohesión ante los hombres, pero también ante la divinidad a la que estaba dedicada la fiesta. La procesión, además, marca el territorio ritual de la ciudad y la mayor importancia del centro con respecto a la periferia_ la importancia y el dominio político de Atenas, la ciudad principal, respecto de las periféricas bajo su poder administrativo.

La ciudad misma se presenta como el marco por excelencia de la vida religiosa. Sus santuarios y sus cultos atraen el interés del ciudadano, que, sólo en la medida en que participa de sus creencias comunes, se siente parte y miembro del cuerpo cívico. Tal y como reza el juramento de los efebos, s. IV_ Combatiré para defender los santuarios y la ciudad..., Honraré los cultos ancestrales,..._ la patria, para el ciudadano, era primeramente la religión transmitida por sus antepasados y por ello daban tanta importancia a las grandes ceremonias sagradas, en virtud de las cuales tenían el sentimiento de participar de una manera activa y completa en la vida de la ciudad en lo que tenía de esencial y más precioso.

La más antigua representación plástica de una procesión, o al menos de un rito que presenta formas procesionales, la constituye el sarcófago de Hagia Triada, del 1300-1400 aC. Se trata de un sarcófago de cuatro caras de piedra caliza pintado con la técnica del fresco y que presenta escenas de una procesión en movimiento al son de la música, con transporte de ofrendas, objetos de culto y víctimas sacrificiales.

En la cara A puede verse una escena con tres hombres portando ofrendas, consistentes en animales y una maqueta de un barco, ante un sacerdote o un dios o, incluso, el mismo difunto (la imagen presenta un hombre rígido y sin brazos y hay varias interpretaciones al respecto) delante de su tumba. Detrás se ve el árbol de la vida. La otra escena presenta tres porteadoras. Una de ellas, posiblemente una sacerdotisa, se dirige, para hacer una libación, hacia una gran crátera situada entre dos árboles, o columnas, coronados con la doble hacha minoica (labrys) y pájaros, que representan a la diosa pájaro cretense _el pájaro es, desde el Paleolítico, el mensajero de la distancia vasta e incomprensible y, por lo tanto, de todo el mundo invisible. Los minoicos lo tomaron para hacer de él la imagen suprema de la Epifanía, del mostrarse de la divinidad.


En la cara B se ve el ritual del sacrificio de un toro: atado con cuerdas sobre la mesa de sacrificio frente a un altar adornado con los cuernos de consagración y un pequeño árbol junto a un labrys con un pájaro. A la derecha, una mujer se prepara para la ceremonia y un joven aparece tocando el aulos.









En una de las caras laterales aparece la pareja de difuntos sobre un carro tirado por dos grifos y en la otra, por dos caballos. Otra interpretación presenta estos personajes como dioses o personas notables desfilando en carros, es decir, como asistentes prestigiosos a la procesión.


2 comentaris:

Charo Marco ha dit...

Lluïsa, un artículo excelente.
Feliciter!

Besos

Lluïsa ha dit...

Gràcies, Charo, com sempre ets molt amable.
Besets