diumenge, 15 de febrer de 2015

Un gran epitafio para una gran mujer


En estos días se celebraban en la antigua Roma las fiestas en honor de los difuntos, Parentalia, Feralia y Carístia, pero también las Lupercalia, fiestas de fertilidad y purificación que nos han llegado transformadas por el cristianismo en la fiesta de San Valentín y el día de los enamorados.
Para aunar ambas celebraciones vamos a presentar el epitafio sepulcral de una esposa ejemplar llamado laudatio Turiae. Se trata de la inscripción más extensa que se ha conservado (unas 180 líneas) que es en realidad una laudatio funebris, o elogio fúnebreescrita por el esposo de la fallecida  en su honor.
La laudatio era un género literario muy del gusto de la aristocracia senatorial romana que a la muerte de todo hombre público le dedicaba un elogio fúnebre en su funeral y que en ocasiones se escribía en piedra.



Las dos placas de mármol que lo formaban con un peso de unas tres toneladas se han conservado parcialmente en diferentes fragmentos que han ido apareciendo en distintos lugares de Roma desde el siglo XVII. 
Entre los trozos que faltan está el principio de la inscripción en el que aparecerían los nombres de la esposa y del dedicante, su marido. La hipótesis más difundida, aunque actualmente está muy cuestionada es la que identifica este matrimonio de la inscripción con el cónsul Quinto Lucrecio Vespillo y su esposa Turia cuyas vidas guardan cierto paralelismo con lo narrado en el epitafio según  Valerio Máximo, Apiano y Dión Casio.

El texto completo con comentarios y traducción lo encontraréis en en este enlace

Sean quienes sean este matrimonio sabemos que disfrutó de su vida en común durante cuarenta años y pasó unos años de grandes sufrimientos por la convulsa situación política debido a la guerra civil entre César y Pompeyo (49 a C.) y a las proscripciones de los partidarios de Pompeyo (43 a C.) que hizo que la esposa pusiera en peligro su vida al mantener oculto a su esposo en la casa, a esto hay que añadir otras desgracias que les afectaron como el asesinato de los padres de ella, y la lucha por recuperar el patrimonio familiar.

Cuando se restablece la paz, logran la felicidad en su matrimonio que no es completa por la ausencia de hijos. Ante este hecho la propia esposa sugiere el divorcio para que su marido pueda formar una familia con otra mujer, mientras ella se encargaría de cuidar a los niños, lo que demuestra la generosidad de la mujer hacia su esposo. En casos de infertilidad era muy frecuente esta práctica del divorcio, pero era planteada por el esposo no la propia mujer.
A la propuesta el marido reacciona de forma colérica tal como leemos ¿ser tú capaz de concebir algo que me impediría, estando aún vivo, seguir teniéndote como esposa, después de haberme sido tan fiel cuando estaba casi muerto?



La muerte de la esposa rompe la concordia establecida en esta pareja y las palabras que él le dedica están llenas de amor, respeto y veneración. El final de la laudatio dice, siguiendo la traducción de Robles y Torres, Epitafio de una esposa ejemplar, 2002:

Me tomaste la delantera en la muerte. Has hecho que me tocara a mí el duelo por tu ausencia y has dejado en soledad a un marido sin hijos. Por mi parte, plegaré mis opiniones a tus criterios y seguiré tus advertencias.

Que todos tus consejos y recomendaciones cedan el puesto a los elogios que te dedico, para que me sirvan de consuelo y no añore demasiado lo que he entregado a la inmortalidad y al perpetuo recuerdo.

Tu vida no habrá sido infecunda para mí. Confortado al pensar en el buen recuerdo que has dejado y aleccionado por tu ejemplo, resistiré a la Fortuna que no me ha despojado del todo, cuando permite que mis elogios sirvan para acrecentar tu fama. Pero la paz de tu existencia la he perdido al morir tú y, si recuerdo cuán previsora y defensora fuiste en mis peligros, quedo roto por la desgracia y no puedo mantener lo prometido.

El dolor natural arranca las fuerzas a mi entereza. Me hundo en la pena y no puedo hallar mi equilibrio ni en el dolor ni en el miedo que me aflijen: al recordar mis desventuras del pasado y prever el futuro que me aguarda, pierdo toda esperanza. Privado de tu protección tan grande y no pudiendo apartar mi mente  de tu recuerdo, no me veo ahora con fuerzas suficientes para sobrellevar esto, sino más bien destinado a la nostalgia y el llanto.

Para acabar mi discurso, diré que tú te lo mereciste todo, pero que no estuvo en mi mano dártelo todo. Tengo por ley tus mandatos y lo que aún pueda hacer por ti, lo cumpliré.

Que tus manes te concedan y descanso y te guarden en él.