diumenge, 7 d’octubre de 2007

Helios


Helios consiguió su tarea para todos los días,
y jamás se le ofrece ningún descanso, ni a él
ni a sus caballos, en cuanto la Aurora de rosáceos dedos
abandona el Océano y asciende hasta el cielo.
Lo transporta sobre el mar su lecho encantado,
cóncavo, moldeado por las manos de Hefesto,
de oro precioso, provisto de alas, sobre las ondas del agua;
durmiendo plácido viaja desde el país de las Hespérides
a la región de los Etíopes, donde su raudo carro y corceles
le aguardan, en tanto aparece la Aurora nacida en el alba.
Y entonces sube a su carro el hijo de Hiperión.

Mimnermo: Fragmento 12 W